Recibir placer puede resultar más difícil de lo que parece. Para muchas personas, la experiencia de recibir está atravesada por la culpa, la incomodidad o la sensación de no merecerlo. Estas dificultades suelen estar relacionadas con una autoestima frágil o condicionada.
Cuando la autoestima depende de dar, complacer o cumplir expectativas, recibir se vive como una exposición. La persona puede sentirse observada, evaluada o en deuda. En la intimidad, esto se traduce en tensión corporal, dificultad para relajarse o necesidad de devolver inmediatamente el gesto.
Aprender a recibir placer implica revisar creencias profundas sobre el merecimiento y el valor personal. El placer no es una recompensa ni una obligación, sino una experiencia legítima que no requiere justificación.
Una autoestima más sólida permite permanecer en la experiencia sin apresurarse a controlarla. El cuerpo se relaja cuando no siente que debe responder de una forma específica. Desde ahí, el placer se expande de manera más libre y auténtica.
La renovación sexual se fortalece cuando recibir deja de ser una fuente de ansiedad y se convierte en un acto de confianza, tanto hacia uno mismo como hacia la otra persona.