Ana y yo llevábamos años casados, pero nunca habíamos explorado esa faceta suya que a veces mencionaba en broma: le encantaba la idea de ser vista. Todo cambió en nuestras vacaciones en Puerto Vallarta. Elegimos una playa nudista recomendada en foros, "Playa Escondida", donde el sol quema y las reglas son claras: nada de ropa obligatoria después de las primeras rocas.
Llegamos temprano. Ana llevaba un bikini negro diminuto que apenas cubría sus pechos firmes y su culo redondo. Yo noté cómo los hombres la miraban mientras caminábamos por la arena. "Tranquilo, amor", me dijo con una sonrisa pícara, "solo voy a broncearme un poco más... libre". Se quitó la parte de arriba primero. Sus pezones se endurecieron al instante con la brisa marina. Me miró a los ojos y luego al horizonte, donde un grupo de parejas y solteros nudistas ya estaban sin ropa.
"¿Y si me quito todo?", preguntó en voz baja, pero con esa chispa de desafío. Asentí, excitado. Bajó la tanga lentamente, revelando su coño depilado, labios hinchados por la anticipación. Se sentó en la toalla, abrió ligeramente las piernas y empezó a untarse crema solar. Sus manos recorrían sus muslos, subiendo hasta rozar su clítoris. Yo me senté a su lado, mi polla ya dura bajo el short.
Un hombre de unos 40, moreno y atlético, pasó cerca. La miró sin disimulo. Ana no apartó la vista; al contrario, separó más las piernas, dejando que viera cómo sus dedos jugaban con su humedad. "Mira cómo me mira", susurró. El tipo se detuvo, se sentó a unos metros y empezó a masturbarse lentamente. Ana gimió bajito.
No pude resistir. Me acerqué y la besé, mi mano bajando a su coño. Estaba empapada. Dedos dentro, pulgar en el clítoris. Ella jadeaba, mirando al hombre que ahora se acercaba. "Déjalo ver", me dijo. El desconocido se arrodilló frente a nosotros. Ana extendió la mano y tocó su polla gruesa, dura como piedra. "Ven", le dijo.
Lo que siguió fue una danza erótica al sol. Ana se puso de rodillas, chupando la polla del extraño mientras yo la penetraba por detrás. Sus gemidos se mezclaban con el sonido de las olas. Otros se acercaron, mirando, algunos tocándose. Ana se corrió dos veces: una con mi polla dentro, otra con la boca llena del desconocido. Terminamos con él eyaculando sobre sus tetas mientras yo llenaba su coño.
Regresamos al hotel exhaustos, pero esa noche repetimos en el balcón, con luces encendidas. Ana había despertado su lado exhibicionista para siempre