La vergüenza corporal es una de las emociones que más silenciosamente afectan la vida sexual. No siempre se manifiesta de forma evidente; a menudo aparece como evitación, rigidez o desconexión durante la intimidad.
Esta vergüenza suele construirse a partir de mensajes sociales, experiencias pasadas o comparaciones constantes. El cuerpo deja de ser un espacio de sensación para convertirse en un objeto observado y evaluado. En ese contexto, el deseo se debilita porque el cuerpo no se siente seguro para expresarse.
El deseo sexual necesita una base de aceptación. Cuando la atención está puesta en ocultar, corregir o controlar el cuerpo, la energía que podría dirigirse al placer se consume en la autovigilancia.
Trabajar la vergüenza corporal implica cambiar la relación con el propio cuerpo, no desde la exigencia de amarlo, sino desde el respeto y la neutralidad. Reconocer el cuerpo como un espacio vivido, y no como un objeto a juzgar, permite que el deseo reaparezca de forma gradual.
La renovación del deseo no se logra eliminando la vergüenza de inmediato, sino creando condiciones internas donde esta pierda protagonismo frente a la experiencia sensorial.