Sofía siempre había sido la "responsable" del grupo, pero esa noche en Guadalajara, después de una semana estresante en la oficina, decidió soltarse. Sus amigas —Laura, Carla y Mónica— la convencieron de ir a un bar de moda en la Zona Expo. Copas, risas, baile. Pronto un grupo de chicos guapos se unió: ejecutivos en viaje de trabajo, divertidos y sin compromisos.
Una de ellas mencionó una "after party" en un penthouse cercano. Sofía dudó, pero el alcohol y la adrenalina la empujaron. Llegaron al departamento lujoso, música alta, luces bajas. Pronto las copas se convirtieron en juegos: verdad o reto. Sofía eligió reto: besar a uno de los chicos. El beso duró demasiado, lenguas enredadas, manos en su culo.
El ambiente escaló. Laura se quitó la blusa, Carla empezó a bailar topless. Sofía sintió el calor subir. Uno de los chicos, Marco, se acercó: "Quieres unirte al juego real?". Ella asintió. La llevaron a un sofá grande. Manos por todos lados: besos en el cuello, dedos bajo su falda. Se dejó llevar. Le bajaron las bragas, lamieron su coño mientras otros chupaban sus pezones.
Pronto estaba en el centro: un chico la penetraba mientras ella chupaba a otro. Dos más la tocaban, masturbándola. El placer era abrumador. Cambiaron posiciones: doggy con uno, cowgirl con otro, doble penetración tentativa que la hizo gritar de éxtasis. Sus amigas se unieron, convirtiéndolo en una orgía completa. Sofía se corrió incontables veces, semen en su cuerpo, en su boca, dentro de ella.
Al amanecer, exhausta pero satisfecha, regresó a casa con una sonrisa. Esa noche cambió su vida sexual para siempre