El encuentro íntimo no solo es un espacio de conexión física, sino también un reflejo del valor que cada persona se otorga a sí misma. Cuando el propio valor está claro, la intimidad deja de ser un lugar donde probar merecimiento.
Reconocer el valor personal implica entender que no es necesario rendir, agradar o cumplir expectativas para ser digno de placer y respeto. Esta conciencia transforma la experiencia sexual en un intercambio más equilibrado.
Cuando una persona se siente valiosa, puede habitar el encuentro con mayor presencia y apertura. El cuerpo responde con menos tensión y más receptividad.
La intimidad se renueva cuando deja de ser una validación externa y se convierte en una expresión de reconocimiento mutuo.