La apertura al placer no depende únicamente de la estimulación física. Está profundamente vinculada con la autoestima emocional, es decir, la capacidad de reconocer y validar las propias emociones sin juicio.
Cuando la autoestima emocional es baja, el placer puede generar incomodidad o desconfianza. La persona puede sentirse vulnerable, expuesta o incluso culpable por disfrutar. Estas reacciones limitan la experiencia sexual y dificultan la conexión profunda.
Una autoestima emocional más sólida permite tolerar la intensidad del placer sin necesidad de controlarlo. El cuerpo se relaja cuando las emociones que surgen durante la intimidad son aceptadas y no reprimidas.
Abrirse al placer implica aceptar la propia sensibilidad. Esta apertura no se fuerza, se construye gradualmente a partir de una relación interna más amable y segura.
La renovación sexual se vuelve posible cuando el placer deja de percibirse como algo que debe justificarse y se reconoce como una experiencia legítima.